Pencho Cros es un referente, un verdadero mito del flamenco. Su voz, viril y profunda, parecía emerger de las entrañas de la tierra, golpeaba el alma y quemaba al sentirla. Poco amigo de adornos innecesarios, Pencho iba directo a la esencia del cante, con un estilo, sobrio y sincero, que a pocos dejaba indiferentes.
Su repertorio comprendía una amplia gama de cantes, como lo atestiguan las numerosas grabaciones que de él nos han llegado. Entre ellas encontramos malagueñas de diversos estilos –del Mellizo, Gayarrito, el Canario, la Trini o la Peñaranda–; fandangos naturales más una versión personal del fandango minero; tarantas –la de Fernando el de Triana y un estilo propio–; cartageneras –la grande y la taranta-cartagenera de Chacón–; una totanera que aúna aromas de taranta y de la murciana del Cojo de Málaga, así como diferentes ejemplos de taranto. Sin embargo, si hubo un cante con el que Pencho se identificó plenamente, ese cante fue sin duda la minera.
La minera es un cante autóctono de La Unión, un estilo genuino de su sierra, intrínsecamente ligado al Festival del Cante de las Minas, del que ha sido, es y será siempre su estandarte. Es un cante que refleja como pocos el sufrimiento, los miedos y las penas del minero. Por eso, su contexto ideal no es, seguramente, el escenario, sino que se hace verdad en la intimidad del bar o de la taberna, de madrugada, al amparo de miradas ajenas, entre la inteligente y respetuosa complicidad de los amigos. Melódicamente, destaca por el fuerte impacto del cuarto tercio, un pasaje rebosante de emoción y dramatismo cuando se interpreta por derecho.
Pencho Cros elevó la minera a cotas insospechadas, incorporando en ella nuevos melismas. Casi sin proponérselo, creó un estilo propio: la minera, o, mejor dicho, las mineras de Pencho, pues dejó diversas variantes melódicas o modalidades de minera. Las interpretó con letras de distintas épocas y autores –como Rafael Torregrosa Peñalba, Juan Pérez Sánchez Canalejas de Puerto Real, Jacinto López, Jaime Campmany, Basilio Martínez Vera o su fiel amigo Enrique Hernández-Luike–, haciendo siempre alarde de una fina sensibilidad y procurando respetar sus peculiaridades rítmicas, acentuales y prosódicas.
Pero en sus mineras no solo había melos, sino también sentimiento, dolor, tragedia y, sobre todo, verdad. Él logró hacer creíble el mensaje de cada copla. Esto es lo que engrandecía sus interpretaciones y lo que lo hacía grande a él mismo: su forma de expresarlas, la autenticidad con la que las transmitía. Por eso, Pencho fue, es y continúa siendo único e irrepetible, un mito imperecedero del flamenco de la Sierra Minera de Cartagena-La Unión.
José Francisco Ortega
Universidad de Murcia






