La Sierra Minera de Cartagena-La Unión en las coplas del cante

Introducción

Referencia fundamental en la geografía del flamenco, la Sierra Minera de Cartagena-La Unión es –junto a Almería y Jaén– una de las cunas del cante minero-levantino. 

Los cantes que componen esta singular familia se caracterizan por su estructura formal, que comparten con las malagueñas, las granaínas y los fandangos, que están en el origen de todos ellos. En general, no se atienen a compás alguno y se acompañan a la guitarra con un toque específico, el toque por tarantas

La familia se vertebra en diversas variantes, diferenciadas por sus melodías: melodías enigmáticas y de inusual belleza, que constituyen uno de sus principales atributos.

En la base está la taranta, considerada por muchos el cante matriz. Junto a ella, la cartagenera, la minera y el taranto, el único que se ciñe a compás (binario). Completan la nómina la levantica, la murciana y los fandangos mineros.

Las letras o coplas del cante minero se plasman en formas poéticas simples. Construidas con sencillas palabras, el habla propia de la calle, su dicción acostumbra a ser escueta, directa y clara, sin artificios retóricos. 

El verso que emplean es el octosílabo –tan común en nuestro romancero y en casi toda la poesía popular española–, con dos posibilidades de organización formal: en cuartetas o redondillas y, de forma preferente, en quintillas. La rima –asonante o consonante– es habitualmente alterna, quedando libre en ocasiones alguno de los versos. 

La tradición oral, el boca-oído, es y ha sido el principal medio de transmisión de la copla minera. De ahí que con frecuencia surjan variantes literarias de una misma letra. De hecho, uno de los rasgos de la letra minera –de la poesía flamenca en general– es su maleabilidad, es decir, su capacidad de mutar y así adaptarse a los gustos o forma de sentir y de expresar del cantaor. 

Si bien hay casos en los que se conoce el nombre del autor, la mayoría de las coplas mineras son anónimas. O han alcanzado el anonimato necesario para que el pueblo las sienta como suyas. Una idea que Enrique Hernández-Luike expresa de este modo:

Tiro mis cantes al río,

se los lleva la corriente:

y ya ningún cante es mío,

sino de quien se lo encuentre.

Para esta ocasión, hemos compilado un breve corpus de coplas cuyo elemento en común es tener como contexto o telón de fondo la Sierra Minera de Cartagena-La Unión. En ellas encontraremos con frecuencia referencias geográficas a este entorno. Habrá también alusiones a figuras o personajes destacados. Alguna habrá también de carácter autobiográfico. Comprobaremos también que el léxico relacionado con la mina y los oficios a ella ligados asoma con frecuencia entre los versos. Y, aunque en menor medida, alguna veremos también en la que se mencionan hechos y sucesos de carácter histórico e, incluso, otras que esconden en su seno algún tipo de denuncia social.

Referencias geográficas

El nombre de La Unión aparece, de forma explícita o bien implícita, en muchas coplas del cante minero. A veces se alude a lugares específicos: amén de la sierra de La Unión, a otros tan emblemáticos como el Cabezo Rajao, la Cuesta de las Lajas, El Garbanzal, la venta del Magaña, la venta del Descargador, el Hospital Minero, la calle Mayor o las minas El Tranvía y La Ocasión. Tenemos un ejemplo en esta copla del cartagenero Ginés Jorquera, que hemos escuchado a Encarnación Fernández cantar por mineras: 

Me gusta a mí de La Unión

la láguena y el reparo,

andar la calle Mayor,

ver el Cabezo Rajao

y cantar a Pencho Cros.

La láguena y el reparo son bebidas típicas de La Unión, compuesta la primera de anís seco o aguardiente y vino dulce, y la segunda, de brandy y vino dulce. Pero la palabra láguena tiene otra acepción en esta tierra, pues se designa con ella un tipo de arcilla grisácea, procedente de pizarras desmenuzadas, con la que antaño se cubrían los tejados de las casas para impermeabilizarlos (launa). De hecho, es muy posible que se diera este nombre a la bebida antes mencionada por su turbidez, pues recuerda la del agua de lluvia mezclada con la láguena de los terrados.

La ciudad de Cartagena aparece también, como es lógico, con relativa frecuencia entre las coplas del cante minero. Como ejemplo, tenemos una quintilla del trovero cartagenero Ángel Roca que, también a Encarnación Fernández, hemos escuchado cantar por cartagenera grande. En ella se nombran los montes San Julián y Galeras –enclaves estratégicos del litoral murciano– y se alude también al cante por cartageneras:  todo ello con la sierra y el mar como telón de fondo.

A San Julián y Galeras

he subido más de un día

a cantar cartageneras,

mirando esta sierra mía

de nostalgias marineras.

Figuras destacadas

Entre los versos de las coplas, afloran con frecuencia el nombre de personas: en algunos casos ficticios, pero en su mayoría reales y, por lo general, harto conocidos.

Una figura recurrente es la del Rojo el Alpargatero, quien, según el poeta, escritor y ensayista cordobés Guillermo Núñez de Prado pertenecía «a la burguesía del cante». Lo recuerda, por ejemplo, esta quintilla de Juan García Ramírez, que Antonio Piñana grabó por mineras:

Date prisa, tartanero,

que a La Unión quiero llegar,

que el Rojo el Alpargatero

esta noche va a cantar

su cantecico minero.

El nombre de Pencho Cros –triple ganador de la Lámpara Minera– asoma también con frecuencia entre los versos de las coplas. Lo vimos antes y volvemos a encontrarlo en una letra de Enrique Hernández-Luike, que hemos escuchado cantar por mineras a Antonio Izquierdo Castellano Merenguito:

Hay un rey de las mineras,

rey por la gracia de Dios:

cuando se acuñen monedas

con perfil de Pencho Cros,

compra todas las que puedas.

Otro personaje emblemático es la Gabriela, cuyo nombre identifica una de las especies más populares de cante minero: la taranta de la Grabiela. Tal denominación le viene de una de las coplas con la que esta melodía más se ha cantado, una de cuyas variantes dice así: 

Corre y dile a mi Grabiela

que voy a las Herrerías,

que duerma y no tenga pena,

que, antes que amanezca el día,

estoy de vuelta en Cartagena.

De este modo la recogen Federico Casal y Antonio Puig Campillo, y así la grabó también, en torno a 1914, la cupletista y canzonetista unionense Emilia Benito, acompañada por una banda de música. Según decía Asensio Sáez, «nadie ha cantado después “La Gabriela” con tanta ternura y exquisitez, con tanta pasión y gallardía». 

De la tal Gabriela, hay apenas noticias. Según Blas Vega, era una misteriosa y enigmática mujer «de pequeña estatura, morena, pelo liso y muy guapa», que se asentó en La Unión en torno a 1883. Regentó allí una taberna y, sin quererlo ni pretenderlo, acabó convertida en personaje de leyenda. Llegó incluso a sugerirse que fue amante del diputado cantonal Antonete Gálvez. El caso es que un buen día desapareció y no volvió a saberse más de ella.

Autobiográficas

José María Marín, el trovero Marín, a pesar de haber nacido en la diputación cartagenera de La Palma, se sentía un unionense más, dados los muchos lazos –profesionales, afectivos y familiares– que lo ataban a La Unión. Así lo refleja en una de sus letras, que grabó el cartagenero Manuel González Guerrita:

Estos son mis patrios lares,

de La Unión, mis hijos son:

mi goce y mis pesares,

la musa de mis cantares,

sabéis todos que es La Unión.

El Pajarito es el remoquete de un mítico cantaor de la quinta del Rojo. Hay una letra firmada por Ópalo –seudónimo empleado por el librero, escritor, investigador y letrista José Blas Vega–, que se acuerda de él. Antonio Piñana la grabó con aires de minera:

Soy tartanero de fama

y pongo al cante alegría;

el Pajarito a mí me llaman:

no hay en toas las Herrerías

quien tenga mejor tartana.

La mina

Obviamente, la de minero es la profesión que con mayor frecuencia asoma entre los versos del cante de las minas. Una profesión idealizada y envuelta en un cierto halo de romanticismo, dados los peligros a los que el minero ha de hacer frente a diario. Antonio de Canillas grabó por cartageneras esta letra: 

Los mineros más valientes

de las minas de La Unión

trabajan de noche y día

y, sin temerle a la muerte,

cantando pasan su vía.

Relacionados con el trabajo de las minas, pero más especializados, están también los oficios de amainador1, barrenero2, enganchador3, malacatero4, pedricero5, pegador6, picador7 o tornero8. Dos de ellos se dan cita en esta letra de Fernando Lastra, que Manuel Ávila cantó por mineras en la XXII edición del festival unionense: 

Se oyó una voz que decía:

«Echa el cubo, amainaor,

que en la cuarta galería

murió el mejor picaor

de la mina del Tranvía».

También interesante es esta otra letra, que ya en 1926 recoge José Carlos de Luna:

Muchacho, sube al enganche

y dile al enganchaor

que le diga a los torneros

que si queda mucho sol,

para tirar un barreno.

Se debe a la pluma del letrista murciano Antonio Dato Riquelme y la grabó, en torno a 1920, Emilia Benito. Engarzada en una suerte de cuplé de aire andaluz, la Satisfecha –que así también era conocida– la presenta como creación propia. En efecto, justo antes de comenzar el cante, se escucha decir a la artista unionense: «¡Emilianas! ¡Creación de una servidora! ¡Viva Cartagena!». 

En las coplas del cante minero se nombran también a menudo elementos propios de la infraestructura de la mina, como castillete, cubo, enganche9, galería, portón10, pozo o vagón. Y también, herramientas o aperos del minero, como la barrena, el barreno, el carburo, el legón o el pico marro11. De Pencho Cros es esta quintilla que él mismo grabó por mineras: 

Suelta el marro, compañero,

que ya duerme la barrena;

sal tú al enganche primero,

que me espera mi morena

a la falda del gachero.

*Ver nota12

Naturalmente, son también frecuentes términos pertenecientes al campo semántico de la mina, ya sean elementos del terreno (filón, sierra, tajo); metales y minerales (manganeso, pirita, plata, plomo); o desechos de la explotación minera (escombro, terrera). Así se comprueba en esta quintilla del prolífico letrista unionense Basilio Martínez Vera, que Alfredo Arrebola grabó por mineras: 

Están tocando a oración

las campanas de la ermita,

y yo, empujando un vagón,

cargao de plomo y pirita,

en la mina La Ocasión.

Medios de transporte

Retomando el tema de los oficios, otros que pululan por la sierra unionense son los arrieros o trajinantes. Ellos eran los encargados, con sus recuas de asnos, del transporte del mineral, pues la falta de infraestructuras civiles obligaba a recurrir a un recurso tan tradicional que, además, disparaba los costes. 

Esta quintilla del unionense Eduardo Pérez Jiménez, que Encarnación Fernández grabó por cartageneras, nos transporta a esa época:

De Cartagena a Herrerías

con mi recua yo regreso:

trabajo noche y día,

cargando de manganeso

un barco en Santa Lucía.

En 1871 el Ayuntamiento de Cartagena autorizó la construcción de un tranvía a vapor que comunicaría Cartagena con la antigua Herrerías. En la carretera que unía ambas localidades, se construyó un muro de seguridad para separar el camino de la vía del ferrocarril minero. Guillermo Núñez de Prado pone en boca de la Rubia de Málaga una letra que recuerda este hecho. Pepe Marchena la interpreta con aires levantinos –él identifica el cante como murciana– al final del capítulo 87 de la serie Rito y geografía del cante, programa emitido el 30 de julio de 1973: 

De Cartagena a Herrerías

han formado una pared:

por la pared va la vía,

por la vía va el tren

y, dentro, la prenda mía.

Para hacer más eficiente el transporte del mineral, algunas de las compañías más importantes de la época pusieron en marcha otros sistemas. Entre 1885 y 1886, se instalaron sendos cables aéreos que partían respectivamente de la Crisoleja y el Sancti Spiritus, y llegaban hasta Portmán. El montaje de esta infraestructura no tuvo que ser ninguna broma, como recuerda una famosa letra, que, entre otros, grabó el jerezano Antonio Chacón: 

Con el viento variable

los aires son desabríos,

y dicen los contratables

que el que se vea aburrío

vaya a trabajar al cable.

Hechos y sucesos

Una copla de Ginés Jorquera rememora una famosa velada trovera celebrada en Portmán en 1913. Tuvo como protagonistas a José María Marín y a Manuel García Tortosa el Minero: al primero le tocó defender al patrono; al segundo, al proletario.  Manuel Cuevas la grabó por fandangos mineros: 

El tío Marín y el Minero

defendieron en Portmán,

en un gran lance trovero,

uno, del patrono el fuero

y otro, del obrero el pan.

Coincidiendo con la Primera Guerra Mundial, La Unión sufrió una grave crisis económica que dejó en el paro y la pobreza a los trabajadores de las minas e hizo que muchos tuvieran que emigrar. Atribuida al trovero Marín hay una letra alusiva a este hecho, que, ligeramente variada, Canalejas de Puerto Real grabó por tarantas:

Se está quedando La Unión

como corral sin gallinas:

unos se los lleva Dios

y otros mueren en las minas,

porque el terreno se hundió.

Existe otra variante de esta popular letra, que dice así:

Como un corral sin gallinas

se va quedando La Unión:

unos que matan las minas,

otros que se lleva Dios

y otros que el Manco asesina.

Cuentan que el tal Manco, perdida la razón y tras herir a varias personas, penetró en el café del Rojo el Alpargatero con un cuchillo ensangrentado, donde consiguió reducirlo un camarero de nombre Gabriel. 

El propio Marín, que nunca perdió la esperanza de ver renacer nuestro pueblo, compuso esta otra letra, que Guerrita grabó por tarantas:

Veremos aquí correr

a torrentes el dinero,

podrá su industria volver

nuevamente a florecer

y tendrá pan el minero.

José Blas Vega es autor de una quintilla, grabada por mineras por Antonio Piñana, en la que, con un sentimiento de resignación, el minero protagonista se queja en ella de que su jornal no compensa el tiempo y el esfuerzo que cada día le supone desplazarse a pie hasta el tajo, ni las largas jornadas de trabajo sepultado en el fondo de la mina:

Monte arriba, sierra abajo

con mi carburo en la mano,

camino del trabajico:

cuando pienso en lo que gano,

me vuelvo desde el tajico.

Pero, al menos, él cobraba su sueldo en reales o pesetas contantes y sonantes. Porque no siempre fue así. 

En las últimas décadas del siglo XIX se extendió la práctica de abonar los salarios mediante vales que obligaban al minero a canjearlos por compras en establecimientos concretos. Este sistema –pensando en un principio como respuesta a la falta de liquidez de las empresas mineras– terminó dando pie a abusos por parte de algunos patronos, pues, además de menguar la capacidad adquisitiva de los obreros, estos se veían obligados a comprar productos de mala calidad y a un precio más elevado del normal. Una coplilla recogida por Puig Campillo se hace eco del malestar de un obrero ante sistema tan injusto: 

Mal dolor les dé a los vales

y al borde que los crió,

que por no pagar con reales

aún estoy soltero yo.

Y en esta otra, también anotada por Puig Campillo, se compara al propietario de uno de dichos establecimientos con dos famosos bandoleros, Joaquín Camargo Gómez el Vivillo y Francisco Ríos González el Pernales:

Ya me están haciendo el vale

para ir al ventorrillo

y a la tienda del Pernales,

compañero del Vivillo.

A imitación de la anterior, el farmacéutico y letrista malagueño Antonio Mata Gómez escribió esta otra, que Antonio de Canillas grabó por tarantos:  

Me están haciendo un vale

para ir al ventorrillo,

y yo digo que no vale,

porque no soy ningún chiquillo:

yo vivo de mis jornales.

Los vales estuvieron en el fondo de la huelga general de mayo de 1898, cuya represión causó cuatro muertos y numerosos heridos. Una quintilla de Ginés Jorquera, que Encarnación Fernández grabó por levantica, recuerda este suceso: 

¡Mare, qué fataliá!

¡Las minas se han levantao

por custiones del jornal!

¡La tropa está cargando

a bayoneta calá!

Entre los acuerdos que se tomaron para poner fin al conflicto, figuraba acabar con el sistema de vales y que el salario se liquidara en metálico. Pero esto no impidió que se siguiera empleando el pago a cuenta, como así refleja esta copla también recogida por Puig Campillo:

Que van a quitar los vales

me dijo anoche mi novia:

ríete tú de esos dichos,

pues todo eso son historias.

No fue hasta julio de 1907, cuando –a propuesta del muleño Juan de la Cierva y Peñafiel, entonces ministro de la Gobernación– Alfonso XIII firmó un Real Decreto que obligaba al pago del salario en moneda de curso legal. Bien recibido por los obreros, este hecho quedó reflejado en esta copla transmitida por Asensio Sáez: 

Bendiga el cielo al ministro

que obligó a pagar con reales

el trabajo del minero. 

Ya se han quitado los vales:

como y bebo dónde quiero.

Denuncia social

El nombre de la pedanía unionense de Portmán, aunque con menor frecuencia,  aparece también en las letras del cante minero. Un ejemplo lo tenemos en una quintilla del cartagenero Ginés Jorquera, en la que, a modo de denucia, alude al desastre medioambiental ocasionado por el Lavadero Roberto, que enterró en lodo la bahía y el puerto de esa bonita y maltratada localidad. Encarnación Fernández la grabó por levantica:

A los barcos de Portmán

se los llevó la marea

de una negra tempestad

y ahora sin rumbo navegan

entre olas de mineral.

Conclusión

Las letras del cante de las minas –hemos podido comprobarlo– son como pequeñas instantáneas que recuerdan o recrean escenas que, en ocasiones, nos trasladan a otras épocas. Desde este punto de vista, encierran un indudable valor documental, pues no solo proporcionan información histórica y social del contexto en el que surgieron, sino que son también portadoras del sentir y pensar de las gentes que las crearon. Y es que, como decía Asensio Sáez, la copla minera «nunca miente». 

José Francisco Ortega

Universidad de Murcia

jfortega@um.es


Notas

  1. Amainador deriva del verbo amainar, que, en minería, significa desviar o retirar de los pozos las cubas en las que se carga el mineral. ↩︎
  2. Obrero que hace los barrenos sirviéndose de la barrena. ↩︎
  3. El encargado de enganchar las cubas al cable de extracción. ↩︎
  4. El encargado del malacate, suerte de cabrestante empleado en las minas para sacar minerales, agua o a los propios mineros, que tiene el tambor en lo alto y debajo, las palancas a las que se enganchan las caballerías que lo mueven. ↩︎
  5. Encargado de la pedriza, esto es, de hacer los muros de mampostería a piedra seca empleados para fortificar el interior de la mina. ↩︎
  6. Artificiero que pega fuego a las mechas. ↩︎
  7. Minero que trabaja con el pico o hace barrenos de forma manual. ↩︎
  8. Persona encargada del torno, una máquina que se empleaba para subir los capazos de mineral y las jaulas que transportan a los mineros. ↩︎
  9. Cortadura de un pozo donde se enganchan las cubas, cubos o vasijas al cable de extracción. ↩︎
  10. Por esportón: capazo de esparto. ↩︎
  11. Martillo de cuatro o cinco kilos de peso y con un astil largo. ↩︎
  12. En La Unión se da el nombre de gachero a un cúmulo de escoria, es decir, la sustancia vítrea que flota en el crisol de los hornos de las fundiciones. ↩︎
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