Aunque para muchos no encaje en el prototipo del cantaor jondo tradicional, Antonio Pozo «el Mochuelo» fue un conocedor profundo y un divulgador incansable del flamenco. Y, sin duda, fue también una de las figuras más populares de su tiempo. Así lo sentenció el periodista José Simón Valdivielso tras entrevistarlo en 1928: «Los habrá habido más considerados por los expertos, pero más del dominio público, más universalmente conocidos, no».
Breve semblanza y origen de su apodo
Nacido en Sevilla el 24 de julio de 1871, el Mochuelo era, en palabras del aristócrata y torero Julián Cañedo, «bajo de estatura, gordete y corto de cuello». Sus primeros pasos artísticos los dio siendo apenas un niño, mientras trabajaba como aprendiz en el taller de cuchillería de su padre.
El origen de su apodo tiene el sabor de las noches de farándula. Según relató a Valdivielso, ocurrió en una velada en la que alternaba con otros artistas. El público, intrigado por su voz, intentaba adivinar quién era:
—El Canario grande no es, ni el Canario chico tampoco. ¿Qué pájaro será éste?
A lo que un espectador sentenció con guasa:
—¿Pues no ven que canta de noche? ¿Qué pájaro va a ser? ¡Un mochuelo!
Y con ese nombre se quedó para la historia.
Genio, figura y elegancia
El Mochuelo era un hombre ocurrente y bromista, un carácter que quedó impreso en sus grabaciones. En mitad de un cante, era capaz de espetarle a su guitarrista, Manuel López: «¡Un palo te iba a dar, que te iba a dejar como a los conejos!». También era devoto de los placeres de la mesa; antes de arrancar por derecho, se le oía pedir: «¡Camarero, sube vino del bueno, del que hay en la cueva del rincón, el que está lleno de telarañas!».
Sin embargo, tras la broma habitaba un profesional serio y, en cierto modo, revolucionario. De hecho, se enorgullecía de haber sido el primer cantaor en presentarse ante el público «bien vestido y sin vara», rompiendo con la costumbre de los artistas de la época que usaban el bastón para marcar el compás.
Un repertorio enciclopédico
Su legado es vastísimo: grabó cerca de trescientos registros, entre cilindros de cera y placas de pizarra. Su repertorio no tenía fronteras; incluía desde aires regionales (jotas, asturianadas o pravianas), con los que se ganaba el favor del público local allá donde iba, hasta una extensa variedad de palos flamencos:
- De raíz: soleares, polo, caña, seguiriyas, serranas y livianas.
- Fiesteros y de ida y vuelta: bulerías, tangos, guajiras y peteneras.
- De Levante: malagueñas, granaínas, cartageneras y ejemplos pioneros de tarantas.
El ocaso de un ídolo
Como tantos otros astros de su generación, el Mochuelo no supo —o no pudo— guardar para el invierno de su vida. A pesar de haber ganado fortunas en fiestas y grabaciones, sus últimos años estuvieron marcados por la precariedad.
En 1928 malvivía como camarero en un café madrileño y, más tarde, como encargado en un «bar de camareras». Para 1936, la necesidad era tal que se le veía mendigando limosna por las calles de Madrid a cambio de un último cantecillo. Tras trabajar brevemente como guarda de una finca en San Rafael (Segovia), con el estallido de la Guerra Civil huyó a Torrente (Valencia), donde falleció el 24 de octubre de 1937.
José Francisco Ortega
Universidad de Murcia






